Yo que traje improvisadamente un bebe al mundo.
En una noche normal de mi vida, se presenta una improvisada y particular situación. Atendí, entre náusea y náusea, el parto de mi vecina. Espero no volver a ver algo así, pues soy vulnerable a la sangre y me desmayo cuando la veo. Aun así fue todo un éxito el nacimiento de Josecito.
En esta sociedad definitivamente uno ve de todo. Guerra entre pandillas, perros teniendo una relación sexual en la calle, una mosca en la sopa del restaurante, niñas que pretenden ser bonitas y no lo logran, entre muchas otras cosas más. Pero, ¿ver a un niño nacer? Eso si es algo que en esta sociedad solo unos pocos tienen el privilegio de presenciar. Es un milagro de la vida. Vida que está cargada de miles de cosas que van más allá de nuestras propias narices y de las cuales no nos damos cuenta, por ciegos o porque nos interesa otros asuntos como sacar buenas notas de periodismo o conseguir novia, entre otras. Hoy sentado frente a mi computador y sin saber que escribir para mi crónica de parcial final de periodismo, decidí contar una anécdota que marcó mi vida. Yo como un inexperto periodista que escribe su segunda crónica en la vida, me las di de médico y partera a la vez. Situación y milagro que espero no volver a repetir.
Era la noche del 10 de junio y estaba sentado frente a mi computador en mis labores académicas cuando de repente llaman a la puerta. Los golpes eran un poco desesperados como si hubieran acabado de matar a alguien. Pero no, estaba a punto de suceder exactamente lo contrario. Era Marcela, una linda jovencita que vive a dos casas de la mía. Ella siempre tan linda con esa cara de niña buena y ese cuerpo que le incita a uno muy malos pensamientos. `Fabián, Fabián, ¡ayúdame!´ fue lo primero que me dijo en cuanto abrí la puerta. `Marcela, Marcela ¿Qué pasó?´ le pregunté con cierto tono jocoso. `Daniela está a punto de dar a luz´, me respondió.
En ese momento, lo único que pensé fue fingir que yo tenía algo más importante que atender, sin embargo era casi imposible. ¿Cómo decirle que no a la linda Marcela? No sabía qué hacer, ni qué decir. Sentí como un frío que bajaba lentamente desde el primer piojo de mi cabeza hasta el último mugre de la uña del dedo gordo del pie. Solo abrí mis ojos, así como cuando uno los abre para que le soplen un mugresito. `Fabián…´ repitió la linda Marcela, diciéndome indirectamente que me diera prisa. Solo cerré la puerta y sin pensarlo salí corriendo con ella. En esos muy cortos diez metros que nos separaban de aquel tan caricaturesco milagro, sentí que iba a pasar algo que me marcaría el resto de mi vida.
Mientras corríamos, yo miraba la espalda de Marcela y hacia caras para mi solito, apretaba mis labios, me rascaba la cabeza y movía mis piecitos y manitas pidiéndole a Dios que sucediera algo de repente para que no pasara lo que yo sabía que iba a pasar. Pero Dios como que estaba muy ocupado en otras cosas y no quiso escuchar mi plegaria.
Llegamos. Apenas la linda Marcela abrió la puerta escuché los gritos de desesperación de Daniela. Eran gritos que mezclaban el dolor y la ansiedad. Ella es una linda joven de 24 años, hermana mayor de la linda Marcela. Daniela es una mujer ejemplo de superación en el barrio, pues sacó adelante a sus dos hermanos cuando sus padres se fueron de viaje a San Andrés en aquel diciembre del 2008, del cual nunca regresaron. Ahora estaba esperando a Josecito, quien sería la luz de la familia. ` ¡Ay Fabián!´ me dijo apenas me vio, y al escuchar esas palabras sentí la primera náusea. El recinto estaba totalmente limpio. Tal vez la familia, en la mañana anterior, presintió que era ahí donde sucedería algo sin precedentes. Con tiempo libre, limpiaron hasta el último rincón de la sala. El olor era a canela.
Yo temblaba del físico miedo, pues nunca había visto a nadie en ese estado. Me sentía como mi primera vez en la universidad, no sabía qué hacer, no sabía qué decir, aunque esta vez la cuestión era mucho más trágica. Entonces mire a mi alrededor. Estaba Daniela sentada en el sofá principal de la sala, bañada en sudor, teniéndose la barriga del puro dolor, mientras hacía caras expresándolo. Estaba Marcela temblando como yo sin saber qué hacer, y estaba Pablito, el menor de la familia, el que iba a dejar de ser el consentido. Pablito era hasta ese entonces el niño de la casa, tenía tres años y lloraba desesperadamente porque creía que su hermana se iba a morir. Y por último estaba Mateo, la mascota de la casa, que creía que con solo ladrar iba a solucionar aquel embrollo en el que estábamos metidos.
De repente, vi una agüita que bajaba por las piernas de Daniela. Pensé que se había orinado, y hasta la vi con cara de sorprendido diciéndole con mis ojos `uy no… ¡que tal! pero pobrecita –pensé– tal vez es del dolor´. Lo único que hice fue coger una cámara que había en un nochero y empezar a grabar, dándomelas de un buen estudiante de tercer semestre de comunicación social. Pero no eran orines, a Daniela se le reventó la fuente. `Se vino, se vino´ gritó desesperadamente Daniela. Se calmó un instante, abrió sus piernas y tomando aire, empezó a pujar. Yo me sentía morir. ¿Cómo decirles en ese momento que yo soy vulnerable a la sangre y que me da el soponcio apenas la veo? Nada que hacer, el niño tenía como desesperación de llegar a este mundo. Entonces, haciéndome el importante pedí sabanas blancas y agua caliente, no sabía para qué, pero como en las películas siempre piden eso, entonces yo decidí hacerlo también. La linda Marcela corrió a su cuarto a sacar las sabanas mientras Pablito, con su enorme inocencia, fue a la ducha y abrió muy despacito la llave para que saliera agua caliente. Mientras tanto dejé la cámara en aquel nochero enfocando ese histórico momento y me arrodillé en frente de las piernas de Daniela, me encomendé a la Virgen pidiéndole que no me desmayara, y puse las manos en señal de espera de Josecito. Entonces, el olor a canela se fue.
No sentí ni pensé nada. El mundo se acabó en ese instante para mí, y aun así fue muy bonito. Mis sentidos se agudizaron. Yo que siempre tengo que usar gafas para ver bien de noche, no las necesité. El olor a canela fue reemplazado por un olor a tranquilidad e inocencia. Ese momento quedará marcado para siempre en mi mente y mi corazón. Entonces salió la cabeza de Josecito, así tan pequeñita como una pelotita de las de jugar ponchado. Sentí mi segunda náusea. Tragué un poco de saliva y batí mi cabeza como para alejar el mareo. Al sentir la cabeza de Josecito en mis manos, se me enjugaron los ojos. ` ¿Pero cómo no iba a llorar? Lloro cada vez que veo el final de la película `Titanic´, ahora no voy a llorar por traer un bebe al mundo, y más aun siendo el hijo de mi vecina querida y sobrino de la linda Marcela´, pensé.
Entonces sentí mi tercera náusea. Cuando la cabecita estaba afuera, Josecito intentó llorar. Supuse que si Daniela seguía pujando entonces saldría el resto del cuerpo, pero como que estas cosas no funcionan así. `Sácalo´ me dijo Daniela, `debes halarlo´. Fruncí las cejas, abrí los ojos como para que me soplaran otro mugresito y pensé para mí: ` ¿Cómo sacarlo? Y si lo halo, ¿qué tal se le desprenda la cabeza o algo así?´ Sentí mi cuarta nausea. ` ¡Vamos! Sácalo…´ repitió Daniela, casi muerta del dolor. Entonces, decidí hacerlo pensando que si le pasaba algo a Josecito seria culpa solamente de ella. Entonces hale y lo saque y sentí una quinta nausea. Para ese momento ya tenía una bola humana llena de sangre en mis manos, la cual abrace con todo mi nerviosismo y con mi nueva camisa blanca. Era Josecito, así tan pequeño y frágil. Lo único que hacía era llorar y llorar así como Daniela y yo. Lo miraba y lo miraba. Lo contemplaba y lo contemplaba. Y mientras yo le hablaba totalmente embelesado a aquel bebe, la linda Marcela cortó el cordón umbilical y atendió a Daniela, limpió la sangre que estaba en el pequeño cuerpo del niño y lo arropó. Entonces se lo pasé a su mamá, mientras Mateo ladraba cada vez más fuerte. Cuando en mis manos no había más que sangre y agua, este periodista con ínfulas de médico, vomito la cena y se desmayó. El olor a canela, tranquilidad o inocencia, desaparecieron por completo.
Mientras yo quedé arrinconado en un sofá de la sala, llegó la ambulancia, con una ineficiencia tal, que para nosotros era normal. Los paramédicos fueron los encargados de atender al recién nacido y a su madre, ya cuando no había nada que hacer. De cada diez niños que nacen en Colombia al día, cinco no nace en el hospital, y tres nacen en condiciones inadecuadas de salubridad, así como Josecito, aunque el olor del recinto fuera a canela. Pues quien lo recibió no tenía ni guantes, ni bata, ni tapabocas. Solo tenía nauseas que le perturbaron todo el tiempo. Afortunadamente esas condiciones inadecuadas de salubridad, no afectaron en nada al bebe, pues gracias a esto mueren promedio 50 bebes al día en todo el mundo, según dijo la Unicef en un estudio el pasado mes de mayo. Y como la prioridad era la madre y su bebe, nadie se acordó de este periodista en oficio de partera, sino después de varios minutos cuando llegó mi mamá, que entre otras cosas pregunto primero por Daniela y su hijo y después se dio cuenta que su hijo estaba moribundo por haber visto sangre.
La verdad, no recuerdo nada más que darle a Daniela su recién nacido, sentir que se me encogía la cabeza y cerrar los ojos para caer al suelo desmayado. Cuando desperté, mi mamá estaba riéndose a carcajadas junto a las vecinas del barrio mientras arrullaba en sus brazos al recién nacido. La linda Marcela le dio agua a este improvisado doctor y después observando el video, no parábamos de reír gracias a todo lo sucedido. Ahora cuando veo a Josecito con su mamá siento ganas de abrazarlos y de decirles que los quiero a montones. También, la linda Marcela se reía y se reía de este inexperto que trajo a su sobrino al mundo. Sin embargo eso ya no me importa, lo más importante ahora es que Josecito este bien y que en mi vida ese milagro de vida se vuelva a repetir.
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