22 de noviembre de 2011

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El horizonte

CRÓNICA

Yo que traje improvisadamente un bebe al mundo.

 UN MILAGRO PARA NO REPETIR  

En una noche normal de mi vida, se presenta una improvisada y particular situación. Atendí, entre náusea y náusea, el parto de mi vecina. Espero no volver a ver algo así, pues soy vulnerable a la sangre y me desmayo cuando la veo. Aun así fue todo un éxito el nacimiento de Josecito.


      En esta sociedad definitivamente uno ve de todo. Guerra entre pandillas, perros teniendo una relación sexual en la calle, una mosca en la sopa del restaurante, niñas que pretenden ser bonitas y no lo logran, entre muchas otras cosas más. Pero, ¿ver a un niño nacer? Eso si es algo que en esta sociedad solo unos pocos tienen el privilegio de presenciar. Es un milagro de la vida. Vida que está cargada de miles de cosas que van más allá de nuestras propias narices y de las cuales no nos damos cuenta, por ciegos o porque nos interesa otros asuntos como sacar buenas notas de periodismo o conseguir novia, entre otras. Hoy sentado frente a mi computador y sin saber que escribir para mi crónica de parcial final de periodismo, decidí contar una anécdota que marcó mi vida. Yo como un inexperto periodista que escribe su segunda crónica en la vida, me las di de médico y partera a la vez. Situación y milagro que espero no volver a repetir.

Era la noche del 10 de junio y estaba sentado frente a mi computador en mis labores académicas cuando de repente llaman a la puerta. Los golpes eran un poco desesperados como si hubieran acabado de matar a alguien. Pero no, estaba a punto de suceder exactamente lo contrario. Era Marcela, una linda jovencita que vive a dos casas de la mía. Ella siempre tan linda con esa cara de niña buena y ese cuerpo que le incita a uno muy malos pensamientos. `Fabián, Fabián, ¡ayúdame!´ fue lo primero que me dijo en cuanto abrí la puerta. `Marcela, Marcela ¿Qué pasó?´ le pregunté con cierto tono jocoso. `Daniela está a punto de dar a luz´, me respondió.

En ese momento, lo único que pensé fue fingir que yo tenía algo más importante que atender, sin embargo era casi imposible. ¿Cómo decirle que no a la linda Marcela? No sabía qué hacer, ni qué decir. Sentí como un frío que bajaba lentamente desde el primer piojo de mi cabeza hasta el último mugre de la uña del dedo gordo del pie. Solo abrí mis ojos, así como cuando uno los abre para que le soplen un mugresito. `Fabián…´ repitió la linda Marcela, diciéndome indirectamente que me diera prisa. Solo cerré la puerta y sin pensarlo salí corriendo con ella. En esos muy cortos diez metros que nos separaban de aquel tan caricaturesco milagro, sentí que iba a pasar algo que me marcaría el resto de mi vida.

Mientras corríamos, yo miraba la espalda de Marcela y hacia caras para mi solito, apretaba mis labios, me rascaba la cabeza y movía mis piecitos y manitas pidiéndole a Dios que sucediera algo de repente para que no pasara lo que yo sabía que iba a pasar. Pero Dios como que estaba muy ocupado en otras cosas y no quiso escuchar mi plegaria.

Llegamos. Apenas la linda Marcela abrió la puerta escuché los gritos de desesperación de Daniela. Eran gritos que mezclaban el dolor y la ansiedad. Ella es una linda joven de 24 años, hermana mayor de la linda Marcela. Daniela es una mujer ejemplo de superación en el barrio, pues sacó adelante a sus dos hermanos cuando sus padres se fueron de viaje a San Andrés en aquel diciembre del 2008, del cual nunca regresaron. Ahora estaba esperando a Josecito, quien sería la luz de la familia. ` ¡Ay Fabián!´ me dijo apenas me vio, y al escuchar esas palabras sentí la primera náusea. El recinto estaba totalmente limpio. Tal vez la familia, en la mañana anterior, presintió que era ahí donde sucedería algo sin precedentes. Con tiempo libre, limpiaron hasta el último rincón de la sala. El olor era a canela.

Yo temblaba del físico miedo, pues nunca había visto a nadie en ese estado. Me sentía como mi primera vez en la universidad, no sabía qué hacer, no sabía qué decir, aunque esta vez la cuestión era mucho más trágica. Entonces mire a mi alrededor. Estaba Daniela sentada en el sofá principal de la sala, bañada en sudor, teniéndose la barriga del puro dolor, mientras hacía caras expresándolo. Estaba Marcela temblando como yo sin saber qué hacer, y estaba Pablito, el menor de la familia, el que iba a dejar de ser el consentido. Pablito era hasta ese entonces el niño de la casa, tenía tres años y lloraba desesperadamente porque creía que su hermana se iba a morir. Y por último estaba Mateo, la mascota de la casa, que creía que con solo ladrar iba a solucionar aquel embrollo en el que estábamos metidos.

De repente, vi una agüita que bajaba por las piernas de Daniela. Pensé que se había orinado, y hasta la vi con cara de sorprendido diciéndole con mis ojos `uy no… ¡que tal! pero pobrecita –pensé– tal vez es del dolor´. Lo único que hice fue coger una cámara que había en un nochero y empezar a grabar, dándomelas de un buen estudiante de tercer semestre de comunicación social. Pero no eran orines, a Daniela se le reventó la fuente. `Se vino, se vino´ gritó desesperadamente Daniela. Se calmó un instante, abrió sus piernas y tomando aire, empezó a pujar. Yo me sentía morir. ¿Cómo decirles en ese momento que yo soy vulnerable a la sangre y que me da el soponcio apenas la veo? Nada que hacer, el niño tenía como desesperación de llegar a este mundo. Entonces, haciéndome el importante pedí sabanas blancas y agua caliente, no sabía para qué, pero como en las películas siempre piden eso, entonces yo decidí hacerlo también. La linda Marcela corrió a su cuarto a sacar las sabanas mientras Pablito, con su enorme inocencia, fue a la ducha y abrió muy despacito la llave para que saliera agua caliente. Mientras tanto dejé la cámara en aquel nochero enfocando ese histórico momento y me arrodillé en frente de las piernas de Daniela, me encomendé a la Virgen pidiéndole que no me desmayara, y puse las manos en señal de espera de Josecito. Entonces, el olor a canela se fue.

No sentí ni pensé nada. El mundo se acabó en ese instante para mí, y aun así fue muy bonito. Mis sentidos se agudizaron. Yo que siempre tengo que usar gafas para ver bien de noche, no las necesité. El olor a canela fue reemplazado por un olor a tranquilidad e inocencia. Ese momento quedará marcado para siempre en mi mente y mi corazón. Entonces salió la cabeza de Josecito, así tan pequeñita como una pelotita de las de jugar ponchado. Sentí mi segunda náusea. Tragué un poco de saliva y batí mi cabeza como para alejar el mareo. Al sentir la cabeza de Josecito en mis manos, se me enjugaron los ojos. ` ¿Pero cómo no iba a llorar? Lloro cada vez que veo el final de la película `Titanic´, ahora no voy a llorar por traer un bebe al mundo, y más aun siendo el hijo de mi vecina querida y sobrino de la linda Marcela´, pensé.

Entonces sentí mi tercera náusea. Cuando la cabecita estaba afuera, Josecito intentó llorar. Supuse que si Daniela seguía pujando entonces saldría el resto del cuerpo, pero como que estas cosas no funcionan así. `Sácalo´ me dijo Daniela, `debes halarlo´. Fruncí las cejas, abrí los ojos como para que me soplaran otro mugresito y pensé para mí: ` ¿Cómo sacarlo? Y si lo halo, ¿qué tal se le desprenda la cabeza o algo así?´ Sentí mi cuarta nausea. ` ¡Vamos! Sácalo…´ repitió Daniela, casi muerta del dolor. Entonces, decidí hacerlo pensando que si le pasaba algo a Josecito seria culpa solamente de ella. Entonces hale y lo saque y sentí una quinta nausea. Para ese momento ya tenía una bola humana llena de sangre en mis manos, la cual abrace con todo mi nerviosismo y con mi nueva camisa blanca. Era Josecito, así tan pequeño y frágil. Lo único que hacía era llorar y llorar así como Daniela y yo. Lo miraba y lo miraba. Lo contemplaba y lo contemplaba. Y mientras yo le hablaba totalmente embelesado a aquel bebe, la linda Marcela cortó el cordón umbilical y atendió a Daniela, limpió la sangre que estaba en el pequeño cuerpo del niño y lo arropó. Entonces se lo pasé a su mamá, mientras Mateo ladraba cada vez más fuerte.  Cuando en mis manos no había más que sangre y agua, este periodista con ínfulas de médico, vomito la cena y se desmayó. El olor a canela, tranquilidad o inocencia, desaparecieron por completo.

Mientras yo quedé arrinconado en un sofá de la sala, llegó la ambulancia, con una ineficiencia tal, que para nosotros era normal. Los paramédicos fueron los encargados de atender al recién nacido y a su madre, ya cuando no había nada que hacer. De cada diez niños que nacen en Colombia al día, cinco no nace en el hospital, y tres nacen en condiciones inadecuadas de salubridad, así como Josecito, aunque el olor del recinto fuera a canela. Pues quien lo recibió no tenía ni guantes, ni bata, ni tapabocas. Solo tenía nauseas que le perturbaron todo el tiempo. Afortunadamente esas condiciones inadecuadas de salubridad, no afectaron en nada al bebe, pues gracias a esto mueren promedio 50 bebes al día en todo el mundo, según dijo la Unicef en un estudio el pasado mes de mayo. Y como la prioridad era la madre y su bebe, nadie se acordó de este periodista en oficio de partera, sino después de varios minutos cuando llegó mi mamá, que entre otras cosas pregunto primero por Daniela y su hijo y después se dio cuenta que su hijo estaba moribundo por haber visto sangre.

La verdad, no recuerdo nada más que darle a Daniela su recién nacido, sentir que se me encogía la cabeza y cerrar los ojos para caer al suelo desmayado. Cuando desperté, mi mamá estaba riéndose a carcajadas junto a las vecinas del barrio mientras arrullaba en sus brazos al recién nacido. La linda Marcela le dio agua a este improvisado doctor y después observando el video, no parábamos de reír gracias a todo lo sucedido. Ahora cuando veo a Josecito con su mamá siento ganas de abrazarlos y de decirles que los quiero a montones. También, la linda Marcela se reía y se reía de este inexperto que trajo a su sobrino al mundo. Sin embargo eso ya no me importa, lo más importante ahora es que Josecito este bien y que en mi vida ese milagro de vida se vuelva a repetir.

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La ternura disfrazada de perro

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La belleza de la sencillez


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Para tener en cuenta

ENTREVISTA

 “La música es la gracia que se convierte en carisma.”


EL DON DE LA MÚSICA PARA DIOS


Socorro Susana Ruiz Caicedo, tras toda una vida en la música religiosa comparte su experiencia y el porqué cantar a Dios y no dedicarse a otros géneros musicales. “Una mujer ejemplo de responsabilidad, compromiso y servicio”, afirmó Ricardo Vivas, párroco para quien trabaja.

Doña Socorro es una mujer de 46 años que hace una labor sobresaliente en la comuna cinco de Popayán, ella canta eucaristías. Vive en el barrio la María Oriente y tiene una familia conformada por su esposo, sus cuatro hijos y sus dos nietos, también tiene a su cargo un ministerio musical en la parroquia San Antonio de Padua del barrio los Sauces, el cual se reúne cada domingo a las tres de la tarde para preparar la misa de las siete de la noche. Doña Socorro es la encargada que el ministerio se oiga afinado y que cada canción salga bien, labor que realiza desde hace más de veinte años. Pero, ¿por qué realizar un trabajo tan arduo y sin ninguna retribución económica alguna?

      Doña Socorro, cuénteme ¿Dónde nace la idea de cantar a Dios?
          Me acuerdo que la primera vez que recibí una invitación para cantar a Dios fue cuando tenía 14 años, cuando estaba con las hermanas del Rosario Perpetuo ayudándoles con una fundación. En ese momento y siendo alumna de ellas, era una cooperadora y orientadora de los niños más pequeños. De ahí que mi sexto sentido siempre ha sido musical, pues cantaba y las hermanas me decían que les ayudara a dar clases de canto para los niños del orfanato, y simplemente acepte. Esos fueron mis primeros pinitos en el canto religioso.

      ¿A qué edad aprendió y quién tuvo la tarea de enseñarle a tocar guitarra?
          Yo nunca tuve un maestro en específico, fueron mis hermanos quienes me enseñaron a tocar la guitarra y afinar mi voz y fue a los mismos 14 años cuando tuve la oportunidad de cantar con un grupo que se llamó “Viva la gente” de la Universidad del Cauca. Era un grupo pequeño pero cantábamos en diversos lugares. Era un coro muy bonito.

          Tengo entendido que su familia está llena de músicos: hermanos, sobrinos e hijos. ¿Dónde nació ese instinto musical ya que sus padres no eran músicos?
          Simplemente diré que ese instinto musical, como tú lo llamas, es un don que regala Dios.

      Entonces, ¿por qué fundar un ministerio para cantar eucaristías sin pago económico alguno?
          Si yo tengo algo que me dan gratis lo mínimo que debo hacer es darlo a conocer. La música es un don que me regaló Dios y ese don debo expandirlo para dar su mensaje. Él nos da la gracia que se convierte en carisma y ese carisma es el que doy a los demás por medio de la música. Porque la gracia, don o regalo que es propio se convierte en carisma, es para el servicio de los demás.

      Por tanto, ¿se considera usted una mujer o madre ejemplo?
          Si. Así lo afirman mis hijos ya que el ejemplo que les doy ha dado sus frutos.

      ¿Cómo hace para alternar su vida de apostolado con su vida de madre y ama de casa?
          Es muy difícil, no te imaginas lo tenaz que es esa vaina. Me ha tocado muy duro en la vida, madrugo mucho, hago mis quehaceres y trabajos pues también soy trabajadora independiente y repartir el tiempo en todo eso es muy difícil.

      ¿Se acuerda de la primera vez que cantó sola en una eucaristía?
          En Jesús obrero toque mi primera eucaristía totalmente sola, o bueno con mi guitarra.

      ¿Cómo fue el proceso para quitarse el miedo o los nervios?
          Recurrí a mi hermano, que tras su muerte me hizo sentir un repudio a la música mundana, o sea de otro género que no sea religioso. Él ganó varios concursos de piano, fue profesor en el colegio Champagnat y cantó por mucho tiempo con su orquesta. Gracias a su muerte empezó mi odio por la música que no fuera religiosa, y no sé porque, solo no quería escucharla porque me recordaba a mi hermano.

         Hasta que un día, hubo una eucaristía con los franciscanos, un sacerdote  escuchó que entonaba una canción, me miró y se acercó muy lentamente mientras escuchaba lo que estaba cantando. Entonces se acurrucó y me preguntó – “Socorro, usted con ese talento que tiene ¿Por qué no le canta a Dios?” – Yo le mire con mucha indecisión y le dije: – “Pero siempre le he cantado a Dios”– entonces sonrió y me respondió  – “Si. Tienes razón, pero hazlo de una manera más servicial y no tan egoísta” – entonces le conté mi problema y me dijo que ese era un llamado que Dios me estaba haciendo, lo pensé mucho pero tome la decisión y decidí empezar a cantar eucaristías en la parroquia de Jesús Obrero y algunas veredas aledañas.

      ¿Y qué edad tenía en ese entonces?
          En ese tiempo tenía 22 años.

      ¿Qué piensa usted de los nuevos talentos a su cargo que, como usted, le cantan a Dios?
          Los nuevos talentos son una parte muy importante del ministerio, ya que son ellos los que le dan vida y alegría a los cantos y son ellos los que Dios ha escogido para que sigan este caminar que empecé. Son ellos los encargados de seguir con este mensaje de amor que yo intento llevar a los demás. Y es por eso que me gusta darles esa oportunidad, para que ese mensaje llegue a otras personas y así a más y más. Si le canto a Dios es Él mismo quien me hace llegar a las personas que tengo a mi cargo.

      ¿Cuántas parroquias han tenido a Doña Socorro con su guitarra cantando una eucaristía?
          Todas. Yo creo que Popayán no tiene una sola parroquia en la que no haya estado con mi guitarra y haya cantado en una eucaristía. Durante estos últimos 20 años al servicio de Dios son muchos los sacerdotes que me han invitado a cantar a diversos templos y capillas, y con orgullo puedo decir que las he visitado a todas.

      ¿Ha llevado usted su mensaje a otras parroquias fuera de Popayán?
          Si. Una ocasión estuve en Bogotá con las Hermanas del Rosario participando en un congreso en el que representamos a Popayán, no ganamos pero nos quedó una muy hermosa experiencia. Después visitamos Cali y también llegamos a Manizales para participar en diversos concursos y colaborarle a sacerdotes que me pidieron el favor de cantarle las misas mientras nos encontrábamos allá.

      ¿Qué piensa usted de las personas que rechazan ese mensaje que usted les quiere dar?
          Yo doy testimonio con mi música y mando un mensaje muy claro, si algunas personas no la quieren aceptar es cosa de ellos. Pero estoy segura que algún día se acordaran de algún canto mío o que haya interpretado. Algún día Dios les tocará ese corazón, les llegara el mensaje y pronunciaran mi nombre, más que todo los jóvenes.

      ¿Algún cantante en especial a quien sigue o admire mucho?
          Me gusta Marcela Gándara y Anette Moreno, porque se les ve la entrega total a Dios. Además Jesús Adrian Romero, pues él canta con sus hijas y esposa netamente al Padre. Aquí en mi hogar mi esposo no canta, ni es músico y solo dos de mis hijos siguen mi camino musical cristiano, y con eso me siento feliz y satisfecha.

      Según sus 20 años de experiencia en el canto, ¿Qué es una guitarra?
          ¿Una guitarra? Es muy difícil definirla, pero desde mi punto de vista, es un instrumento al servicio. Bien sea para Dios o para ganar plata. En mi caso es una herramienta al servicio de Dios y ahí por los laditos, al servicio de mi comunidad parroquial. La guitarra es ese medio por el cual la música que es la gracia, se convierte en carisma.